La migración como creación
Actualizado: 5 sept
Tainã Rocha
*Texto presentado en la Charla Abierta "Tejer narrativas: La migración como creación",
que tuvo lugar el 17/7/2026 en la Galería de Arte La Porteña, en Buenos Aires.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), a finales de 2025 más de 117 millones de personas habían sido obligadas a abandonar sus hogares. Detrás de estas cifras hay historias de personas que migraron porque permanecer en su lugar de origen dejó de ser posible. Con el endurecimiento de las políticas migratorias en distintos países, muchas personas quedan atrapadas en una espera sin fin. Algunas viven en un estado de errancia, sin encontrar un lugar donde sean realmente reconocidas; otras permanecen durante meses o incluso años en campos de refugiados, aguardando que una decisión administrativa defina si podrán reconstruir su vida. En ambos casos, la segregación se expresa también en la dificultad de ser reconocido como sujeto. Cuando la vida queda reducida a la supervivencia y toda posibilidad de proyectar un futuro depende de la respuesta de un Otro institucional, el riesgo es que la persona sea vista solamente como un cuerpo, un organismo y no como alguien que tiene una historia singular, que tiene deseo, sueños, proyectos…
Ante la necesidad de dejar su tierra, lo primero a que se enfrentan es a la pérdida de sus objetos de amor, de aquello que sostenía su vida cotidiana: los afectos, la familia, los amigos, el trabajo, la lengua y los lugares familiares. En Duelo y melancolía (1915), Freud describe el duelo por la pérdida de la patria y habla del trabajo de elaboración de la pérdida para volver a investir en la vida y construir nuevos lazos. La pérdida es más que una sustracción; exige un proceso de tramitación que modifica algo en el sujeto. Entonces, además del trabajo de elaboración de lo perdido, el sujeto migrante tendrá que reinventar una vida. Es precisamente a partir de las pérdidas que emerge la necesidad de crear. La creación, entonces, se vuelve una cuestión de supervivencia. Es un modo de (re)existir.
Podemos pensar en la migración como una experiencia que requiere este movimiento continuo entre desinvertir y reinvertir. Es necesario, poco a poco, desprenderse de algunas cosas para construir otras. Este proceso rara vez ocurre sin ambivalencia. Después de todo, ¿cómo puedes invertir en algo nuevo sin sentir que estás traicionando lo que quedó atrás? ¿Sin sentir que se borra la propia historia?
A medida que el sujeto habita ese otro territorio, necesitará hacer algunos cálculos “para saber si debe abandonar su lengua, sus creencias, su vestimenta, su manera de hablar” (Miller, Extimidad 2011, p. 55). En el camino, irá dejando de lado algunos elementos de su lugar de origen con los que se identificaba y va a apropiarse de la nueva cultura en la que se inserta. Va a constituirse a partir de la combinación de estas piezas, los fragmentos de lo viejo y lo nuevo.
El migrante empreende una búsqueda entre cultura, lengua y nuevos referentes, con las posibilidades de estructurarse como un sujeto intercultural, atravesado por las diferentes culturas que lo marcaron en su historia. Sin embargo, este proceso no culmina en una adaptación plena ni en una síntesis armoniosa entre dos mundos. Siempre queda un resto, algo que resiste a toda identificación completa. Lejos de representar un fracaso, ese desajuste constituye una condición estructural de la experiencia subjetiva. Es precisamente allí, donde no hay coincidencia perfecta, donde puede abrirse un espacio para la invención. Hay un imposible en el corazón de todo proceso de integración cultural y social, este imposible, que paradójicamente, es también la posibilidad que tiene cada persona de inventar para sí un lugar que pueda llamar suyo.
La identidad, desde un punto de vista psicoanalítico, no se entiende como una esencia. Se construye en la relación con los demás y se sustenta en los significantes que, desde la infancia, nos nombran y nos ofrecen un lugar en el mundo. La migración desplaza al sujeto precisamente de esta red simbólica, pone en tensión la continuidad de la identidad y requiere un delicado trabajo de resignificación. Ahora, comprenderse en este nuevo lugar consiste en tomar conciencia de las particularidades que implica la experiencia de quienes migran, experiencia cruzada con cuestiones relativas a raza, género, clase, lugar de origen.
El migrante está convocado a hacer lo que todo análisis, hasta cierto punto, también propone: abandonar las certezas de identidad para producir una narrativa menos aprisionada por identificaciones previas. Inventar una nueva relación con el lenguaje. Inventar otras formas de pertenencia. Inventar nuevas maneras de amar, trabajar, vivir en una ciudad y contar su propia historia. Es una ruptura que no sirve a la autodestrucción, sino a la vida misma. La creación, en este sentido, no surge del intento de restablecer un orden anterior, nace de la ruptura; crear es aceptar que el orden anterior ya no existe y producir otro. La falta es una condición esencial para la creación del sujeto; crear es un modo de organización del sujeto en torno al vacío. Lo que construye el migrante testimonia que el deseo de vida encontró la manera de seguir existiendo.
Hay un poema de Cecilia Meireles, que dice así: “La vida solo es posible reinventada”. Esa cita me hace pensar en la capacidad humana de reinventar la realidad, de crear una nueva ficción para sostenerse. Ficción, en psicoanálisis, no es sinónimo de mentira. Es la trama simbólica que permite al sujeto habitar lo real. Cuando la migración rompe narrativas anteriores, se abre la posibilidad de inventar otras nuevas.
Referencias:
Freud, S. (1917). Luto e Melancolia. Rio de Janeiro: Imago.
Miller, Jacques-Alain. Extimidad. Edit. Paidós, Buenos Aires, 2010.

#DiásphoraPsi #Migracion #Psicoanalisis #Psicologia #Creacion #Invencion #SujetosMigrantes





Comentarios