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El extranjero y el proceso de adaptación

Actualizado: 29 abr 2022

Tainã Rocha




Mudarse a otro país se ha vuelto cada vez más común, al caminar por las calles podemos notarlo. Y la globalización ha facilitado un poco este proceso migratorio, ya que tenemos acceso a muchos contenidos que nos permiten conocer el lugar al que vamos y acercarnos a la cultura local. Sin embargo, la migración es un proceso que requiere un gran esfuerzo psíquico / emocional para el que a menudo no tenemos las herramientas para afrontarlo. E incluso cuando se trata de migrar a un país cuya cultura es similar a la del país de origen, la adaptación tampoco es automática, requiriendo tiempo y esfuerzo. Al llegar al nuevo país, experimentamos sentimientos que cambian con el tiempo. El antropólogo Kalervo Oberg (1954) investigó este proceso y creó la Curva de Adaptación Cultural que está compuesta de 4 fases por las que pasa un extranjero al migrar. La primera fase se llama Luna de Miel. Podríamos traducir esta metáfora con el siguiente dicho: "¡Todo lo bueno no dura mucho!". Esta primera fase generalmente puede durar desde unos pocos días hasta seis meses. En ella, el extranjero está radiante y muy feliz con la llegada al nuevo país, mostrándose emocionado por la nueva cultura y todo lo que le rodea; todo es nuevo y está listo para ser explorado. Todo es una fiesta, el país luce perfecto, hay mucha ilusión por la posibilidad de entrar en contacto con gente nueva, otra cultura ... pero es importante saber que en esta etapa estamos bajo el efecto de una cierta ilusión, ¡a esto lo llamamos idealización! Este comportamiento de idealizar es muy común cuando no conocemos algo en profundidad. Ser consciente de esta idealización es muy importante porque hace que la entrada a la segunda fase no sea tan difícil. Una estrategia para este momento es buscar actividades que reemplacen a las que tenías en el país de origen. Esto te permite estructurar una rutina, experimentar satisfacción, mejorar el idioma al tener contacto con los nativos y hacer contactos que faciliten la integración.

La segunda fase se llama choque cultural, en esta etapa hay una desilusión con el nuevo país y la persona muchas veces comienza a menospreciar y ser hostil con todo lo que se asocia con el nuevo país. Es el momento en que todo lo malo se destaca en los ojos. La vida cotidiana se ve con dificultad, por ejemplo, la comunicación que no fluye por no dominar todavía el idioma, el diferente sistema de transporte con el que aún no te has acostumbrado, dificultad para hacer nuevas amistades, entender el contenido de las clases o el estilo de estudio, como vincularse en el contexto laboral... Las expectativas no cumplidas terminan produciendo un sentimiento de frustración y un pensamiento común en ese momento es: "No era exactamente como imaginaba que serían las cosas...". Dependiendo de la edad, empezar a cuidarse, cocinar todos los días, ser consciente de las nuevas responsabilidades... Es comprensible e incluso natural sentirse angustiado aún tratándose de una experiencia que has elegido vivir. Se está pasando por muchas cosas al mismo tiempo. Hubo un abandono temporal de su vida en su país de origen, su lengua materna, sus hábitos y costumbres, redes de apoyo, además de códigos culturales.

Al llegar al nuevo país, también se vive un estado de desamparo. Este desamparo se debe a la pérdida de símbolos y signos familiares. Estos códigos familiares hacen referencia a actitudes, gestos, expresiones faciales, etc. que habitualmente usamos en nuestro día a día en nuestra patria, es decir, el apretón de manos, la forma de hablar con las personas, el humor y la ironía entre pares, la socialización, forma aceptada de comportarse en público, entre otros. Al irse a vivir a un país extranjero, estas "pistas" familiares desaparecen, haciendo que el sujeto se sienta fuera de lugar. En ese momento, hay una tendencia a agruparse con personas del mismo país. Como una forma de intentar recuperar algo de esas referencias que se perdieron, de rescatar algo conocido en medio de lo desconocido, de formar una comunidad que dé la sensación de que uno todavía está en Brasil. Es un período de crisis, en general la persona empieza a pensar en darse por vencida, que quizás lo mejor sea volver a su país. Y es importante evaluar realmente si es mejor regresar o si el deseo es quedarse. Pero esta valoración hay que hacerla con mucho cuidado, con responsabilidad, ya que es un momento muy duro, todo cobra enormes proporciones y hay mucha resistencia. Hay resistencia en asimilar que estás en otro país y que las cosas son diferentes, no tendrás la marca de café que te gusta, los porotos que comías ... ¡Pero habrá otras cosas! Y quizás ese sea el punto de división, la clave para salir de esa fase. Acepta la diferencia y céntrate en lo que hay, en las novedades que te presenta el país y que aprenderás a gustar. Acepta salir de la zona de confort y expandir el propio mundo. Sabiendo que aunque las cosas sean difíciles y parezca que no vas a poder acostumbrarte, es solo una fase, pasará.

La tercera fase se llama Adaptación. Aquí la persona comienza a comprender cómo funcionan las cosas, no solo acepta las costumbres del país extranjero, sino que también comienza a disfrutar de la nueva cultura. Se siente parte del nuevo entorno, que está integrado. La adaptación cultural ocurre gradualmente, en un proceso en forma de espiral. Existe una alternancia entre las experiencias estresantes y el eventual crecimiento y adaptación que resulta del desafío. Cada situación estresante sucesiva lleva a la persona a un alto nivel de adaptación. Con el tiempo, la adaptación se vuelve más fácil. A medida que avanza la espiral, se experimenta cada vez menos estrés y se logra una mayor adaptación. Es decir, no es de la noche a la mañana que ocurre la adaptación, sino que es un proceso continuo, porque asimilar otra cultura es algo complejo. Están los aspectos más superficiales que se pueden percibir con facilidad (lenguaje, arquitectura, alimentación, población, música, indumentaria, arte y literatura, ritmo de vida, gestos, actividades de ocio y deportivas) y otros más profundos (que incluye valores tales como creencias, reglas sobre las relaciones, motivaciones, roles, tolerancia al cambio, comportamiento machista, importancia de las expresiones faciales, estilos de comunicación, entre otros). La adaptación requiere lidiar con ambos aspectos.

Y llega la última fase, que es la readaptación al propio país. Las dificultades también pueden estar presentes en la repatriación, en el regreso al país. Muchos piensan que cuando regresen a casa, las cosas serán las mismas que cuando se fueron, pero ha pasado el tiempo, la gente ha cambiado, tú has cambiado. Este regreso también requiere una readaptación al contexto de familia, idioma, amigos y hábitos que tenían antes de salir al extranjero. Para algunos, el regreso al país de origen puede representar un retroceso, un fracaso. Para otros, la experiencia que tuvieron en el extranjero les permitió madurar y ser más conscientes de sí mismos. Ya se sabe cómo afrontar la situación y empezar a invertir en el futuro, en los planes. En cualquier caso, volver al país de origen ganará el sentido que le dimos a este paso. Regresar puede ser la mejor decisión para la persona y requiere del mismo coraje que al salir del país.



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