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El duelo y los lazos en la contemporaneidad

Tainã Rocha entrevista a la psicóloga Mônica Venâncio*



Lacan afirma que “sólo estamos de duelo por alguien de quien podemos decirnos Yo era su falta” (Lacan, 1962/1963, p. 155). Ser la falta del otro es reconocer que allí había deseo y verse como la causa de ese deseo, es identificar el propio compromiso, la propia implicación con ese lazo. La función del duelo, entonces, es subjetivar esta pérdida, poder dar borde al agujero dejado por la ausencia del que se ha ido. Freud llama a este proceso trabajo, el trabajo del duelo. Y como cualquier trabajo, algo necesita ser producido a partir de él. Para Ogden (2017/2018), el duelo implica la experiencia de poder hacer algo con la pérdida, de crear algo a partir de la experiencia de la pérdida en un proceso que denomina el “arte de duelar”. Pero, ¿cómo experimenta el sujeto contemporáneo una pérdida importante? ¿El espacio social ha podido alojar el dolor y dar lugar a la elaboración del duelo? Para continuar esta conversación, invitamos a la psicóloga y psicoanalista Mônica Venâncio, quien en los últimos años se ha dedicado al estudio del duelo. En nombre del espacio Diásphora, quiero agradecerle inmensamente la prontitud con la que respondió y la generosidad con la que nos concedió esta interesantísima entrevista.


Mônica, podemos empezar definiendo lo que llamamos duelo. ¿Toda pérdida implica un duelo?


No. No toda pérdida implica duelo. El duelo no es un proceso automático ante una pérdida. Incluso es posible entristecerse ante una pérdida, pero eso no constituye duelo. El duelo es un trabajo psíquico de elaboración de la pérdida que involucra procesos inconscientes y que el propio sujeto deberá realizar. Entonces, el duelo no es automático, tampoco un proceso pasivo, hay la exigencia de trabajo del sujeto. Lacan afirma que la pérdida necesita provocar una “ruptura en lo real” para convocar al duelo, y Freud señala que la relación con el objeto perdido necesita ser “reforzada por mil eslabones”. Lo que estos autores enfatizan es la necesidad de una pérdida importante para el sujeto que sea capaz de convocarlo simbólicamente para que el duelo pueda ocurrir.


Ser feliz es uno de los ideales de nuestro tiempo. Las redes sociales alimentan incluso la idea de alegría constante, de una vida en la que se puede dejar de lado el dolor. Parece que todo hay que superarlo lo más rápido posible, hay que seguir adelante ya, sufrir por lo perdido parece cada vez más pasado de moda. En este contexto, ¿todavía hay tiempo para el duelo? ¿Cómo se experimenta el duelo hoy?


De hecho, la felicidad colectiva surge como un imperativo. La demostración prolongada del sufrimiento en el duelo es contrariar a este imperativo. En un principio, es aceptable que haya dolor ante la pérdida, ya que el discurso de la deseabilidad social comparte la idea de que es necesario alojar el sufrimiento de la persona en duelo. Sin embargo, a medida que pasan los días, las personas comienzan a no soportar el sufrimiento ajeno y también existe la demanda de que el enlutado vuelva a funcionar. Lo que vemos hoy es una cierta interdicción del duelo. Es muy común escuchar en la clínica que allí es el único espacio donde se puede llorar por el que ha fallecido sin que te regañen. Estamos entonces ante una tendencia a tomar el duelo como algo del orden de una enfermedad, una patología psiquiátrica que necesita ser medicalizada. Lo que ya decía Freud, allá por 1917, ser problemático. El duelo es una reacción esperada ante una pérdida importante y requiere tiempo. El duelo solo ocurre con el tiempo. El uso de medicamentos, sin una indicación clara, para amortiguar el sufrimiento inherente al proceso, contribuye a que el duelo no ocurra y, por lo tanto, pueda volverse complejo y persistente.


En diferentes culturas y en diferentes momentos históricos podemos encontrar distintos rituales que ayudaban en la elaboración de la pérdida por muerte. Era muy común velar el cuerpo dentro de las casas o comunidades, y también dedicar unos días a la despedida. Parece que las generaciones anteriores tenían otra habilidad para simbolizar y replantear el final de la vida. ¿Cuándo dejamos de hablar de la muerte y el duelo? Quiero decir, ¿cuándo dejamos de tratar a la muerte como una parte inseparable de la vida?


Lidiar con el duelo está íntimamente relacionado con lidiar con la muerte. En el pasado, era común que las personas murieran en casa y que el moribundo presidiera el momento de su propia muerte. El clásico Philippe Ariès retrata bien este tema. Cuando la muerte es trasladada a las instituciones hospitalarias, hay también cierta asepsia del proceso de morir y el distanciamiento de la familia de ese momento. La muerte se convierte en un tabú y debe ocultarse de la sociedad. Por otro lado, hoy también podemos notar que se han creado nuevos rituales de despedida y de compartir el duelo. Las redes virtuales, por ejemplo, han sido ampliamente utilizadas para este propósito. Las comunidades antiguas usaban vestuarios socialmente acordados para indicar que estaban de luto, por ejemplo. Hoy, noto que ante la noticia de la muerte, es urgente cambiar la foto de perfil o hacer una historia que pueda indicar a tus seres queridos que estás de luto. También hay comunidades virtuales en las que los enlutados honran a sus seres queridos fallecidos o comparten el dolor de la pérdida. La expresión del duelo en las redes sociales nos lleva a reflexionar si también sería una forma de ayudar a este proceso de elaboración de la pérdida que el enlutado necesita realizar. Cabe señalar que el duelo tiene una dimensión privada, que tiene que ver con procesos inconscientes, pero también tiene una dimensión pública, social. Podemos pensar que el uso de internet para ritualizar el duelo es una forma de promover un diálogo entre duelos, una forma de compartir el sufrimiento ante la pérdida, en tanto ese sufrimiento es reconocido por el otro y autorizado.


Estamos saliendo de una pandemia que ha matado a más de 6 millones de personas en todo el mundo. Todavía no conocemos todos los impactos de este evento en la salud mental de las personas. ¿Crees que todos vivimos juntos un duelo, digamos, universal? En su experiencia como psicóloga hospitalaria que sostuvo un trabajo de escucha en el peor momento de la crisis sanitaria, ¿cómo fue el proceso de elaboración de la pérdida en el contexto de la pandemia?


La pandemia necesariamente nos hizo lidiar con nuestra propia finitud y la del otro. Esto nos lleva a una reflexión sobre la vida, los valores que guían nuestra vida. Freud dice que el valor de las cosas está relacionado con la escasez en el tiempo. Cuando nos enfrentamos a la posibilidad de que la vida sea breve, empezamos a valorarla. Como dije, el duelo tiene una dimensión tanto privada como pública. Con tantas muertes y ausencia de contacto y de rituales de despedida, saber que otras personas también estaban pasando por algo similar era una forma de autorizarse al duelo. Sin embargo, el retiro de la familia de la escena de la muerte fue una solución colectiva para tratar de contener la expansión del virus, pero no podemos creer que esta imposición estuvo libre de daños psíquicos. La ausencia de la familia en el proceso de morir en los hospitales y en los velatorios impedía que hubiera tiempo para dar nuevos significados y sentidos a la relación establecida con el ser querido que moría, como comúnmente ocurría durante la hospitalización. Por más doloroso que sea enfrentarse a un ser amado que está enfermo y muriendo, esta aproximación con la muerte es importante para el establecimiento de lo que Lacan denomina como tiempo de comprender y, por ende, el duelo pueda desarrollarse de manera “sana”. Antes de la pandemia ya vivíamos en un contexto favorable a la medicalización y la prohibición del duelo. Ya no había tiempo para vivenciar las pérdidas. La sociedad es responsable de los efectos de esta necesaria y difícil imposición. Existe una necesidad urgente de políticas que realmente puedan acoger a los enlutados en su sufrimiento. Temo que podamos estar ante un aumento de los diagnósticos de depresión, realizados de forma precipitada e incluso errónea, en un momento de muchas pérdidas, ausencia de rituales de despedida y duelos interrumpidos.


¿El duelo es algo que se supera? ¿Podemos hablar de un cierre del trabajo del duelo? ¿Qué elementos pueden ayudar en este proceso?


Prefiero hablar de elaborar el duelo que de “superarlo”. Cuando escucho que hay que “superar” el duelo tengo la impresión de que es necesario olvidar la pérdida y seguir adelante. Lo cual la mayoría de las veces no es posible. Es una exigencia casi imposible de cumplir. Necesitamos entender que el duelo es un proceso que se da a lo largo del tiempo, es un trabajo que involucra procesos inconscientes, que la persona en duelo necesitará hacer frente a una pérdida que es importante para ella. Por lo tanto, es necesario vivir el duelo para después aprender a convivir con la ausencia del ser querido. No hay consenso, al menos en psicoanálisis, en cuanto a la conclusión del trabajo del duelo, pero sabemos que es necesario y válido que el duelo sea acogido, reconocido y pueda encontrar condiciones para ser elaborado. Se necesita una comunidad que pueda acoger a la persona en duelo y su sufrimiento. Es necesario contar con servicios públicos y terapéuticos que favorezcan el trabajo del duelo y que no tomen su psiquiatrización y medicalización como primera y única alternativa de tratamiento. Es importante señalar que elaborar una pérdida implica hablar de lo perdido. Del vínculo construido con el objeto perdido, de sus planes, lo que se pudo lograr y lo que no. Esto es duelo. Señalo esto porque la sociedad tiende a no soportar los “lamentos” de los enlutados y exige que “superen” rápidamente la pérdida. El duelo no es un proceso lineal. La desvinculación se lleva a cabo gradualmente. El trabajo psíquico que deberá realizar la persona en duelo implica, inicialmente, una intensificación del vínculo con la persona fallecida. Con el tiempo, podrá asimilar que el ser querido ya no existe y, por lo tanto, podrá replantear la pérdida y volver su interés al mundo exterior. Pero para eso hay que vivir cada duelo.


En conclusión, si el dolor pudiera hablar, ¿qué diría?


Diría que vivir el duelo es necesario para poder volver a amar y/o seguir amando. Seguir amando a la persona fallecida no implica necesariamente un duelo inacabado. Sentirse conmovido por recuerdos y fechas importantes puede ser una forma de hacer espacio para la relación que alguna vez existió. Cuando el dolor implica un daño duradero en diferentes áreas de la vida, puede ser necesaria la ayuda profesional. Sin embargo, no encontrar una sociedad favorable a la expresión y elaboración del duelo puede volverlo patológico.



* Mônica Venâncio es psicóloga y psicoanalista. Doctoranda y Magíster en Psicología (UFBA). Psicóloga de la CTI, del ambulatorio del Duelo y miembro de la Comisión Intrahospitalaria de Donación de Órganos y Tejidos para Trasplante del Hospital Prof. Edgard Santos (HUPES/UFBA). Ex-Residente en Psicología Clínica y de la Salud Mental (UFBA).



Referencias


Lacan, J. (1962/1963). El Seminario, libro 10: la angustia. 1ª ed. 3ª reimp.- Buenos Aires : Paidós, 2007.


Freud, S. (1915). Duelo y Melancolía, en obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1990, tomo XIV.


Ogden, T. (2017/2018). Borges y el arte del duelo. Disponible en: http://www.bivipsi.org/wp-content/uploads/006-OGDEN.pdf




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